La Obstetricia y ginecología: una “MACRO-MULTIESPECIALIDAD”

 

 

Nuestra misión como médicos es servir a las personas haciendo prevención de la enfermedad, diagnosticándola y tratándola sin olvidarnos del constante apoyo humano sobre todo cuando la ignorancia se instala en nuestra labor por estar ante un diagnóstico desconocido o ante la ausencia de cura disponible.

 

El médico cura recomendando cambios de hábitos de vida o de alimentación, suministrando medicamentos de origen natural o sintéticos o mediante técnicas más o menos invasivas aplicadas sobre la mente o el cuerpo humano. A estas últimas pertenece la cirugía, que es la parte de la medicina que se ocupa de curar las enfermedades, malformaciones, traumatismos, etc., mediante operaciones manuales o instrumentales. 

 

Hay especialidades en las que dichas operaciones o no son necesarias en su práctica o mínimamente las usan: son las especialidades médicas. Luego están las casi puramente quirúrgicas y las mixtas, las medicoquirúrgicas. A estas últimas pertenece la nuestra: la obstetricia y ginecología.

 

Siendo medicoquirúrgica nuestra especialidad tal como está legalizada en nuestro país no es tal en tanto en cuanto no se ajusta a la realidad de su práctica. Yo diría que es una “MACRO-MULTIESPECIALIDAD” que en según de qué líneas de actuación correctas se hable cada vez está siendo más exigente de más superespecialización en el día a día. Sin embargo, como he apuntado más arriba, legalmente no se tiene en cuenta, exigiendosele  al especialista que sepa de todo. Pero la división clásica entre obstetricia y ginecología ya no se sostienen. Cada semi-especialidad “madre” ha dado a luz a otras muchas que cada vez exigen más dedicación, actualización y entrenamiento continuados. Tenemos la perinatología, el diagnóstico prenatal, la tocurgia, la endocrinologia ginecológica y reproducción, la ginecología tumoral, el suelo pélvico, la patología del tracto genital inferior, la ginecología Oncológica, etc. Son parcelas de conocimientos dinámicas y cambiantes. Además existen técnicas transversales a todas ellas que son herramientas que necesitan ser conocidas para llevar a cabo nuestra misión de asistencia a la mujer. Entre ellas están la ecografía y la endoscopia ginecológica, ambas con secciones independientes dentro de nuestra sociedad de la especialidad, la Sego.

 

Es tarea ingente e imposible de llevar a cabo estar al día en todas y cada una de sus facetas. Y mucho menos si la técnica a aplicar tiene una curva de aprendizaje larga o requiere de disponibilidad de medios caros y complejos así como de la adquisición de experiencia suficiente en base a volumen de casos tratados. Este es el caso de la cirugía en general y de la ginecológica en particular, especialmente si se pretende ejercerla con las técnicas más modernas de minima invasión y usando la tecnología de mayor calidad y más actualizada.

 

Existe una clara tendencia al uso de tecnologías avanzadas para conseguir grandes cirugías con mínima invasión. Ahí está el tremendo desarrollo de la cirugía endoscópica, cada vez más estandarizada e implementada como indicación primordial en la mayoría de las patologías benignas o malignas del aparato reproductor femenino. Y es fundamental a veces, que el cirujano ginecológico moderno domine las tres vías de abordaje de nuestra especialidad: la endoscópica, la cirugía abdominal abierta y la vía vaginal. 

 

Pero siempre será necesario el médico especialista en obstetricia y ginecología generalista, que no pocas veces se convierte en el médico de cabecera de la paciente por la confianza que genera en la misma y en su entorno. Es el generalista el que orienta y protege a su paciente ante tanta atomización de la medicina. Es como el orientador que acompaña a la mujer durante toda su biografía en medio del océano de especialistas no pocas veces deshumanizados. Es el más cercano y por tanto el más responsable de revestir de amabilidad y humanidad la práctica médica. Su papel ante determinadas patologías o problemas de salud menos frecuentes y concretos debería ser la derivación al especialista correspondiente que solo actuará de manera puntual en el devenir patobiográfico de la paciente. Dicho especialista no sólo no debe “apropiarse” de la paciente sino que debe invitarle, imponiéndoselo incluso, a que jamás abandone a su ginecólogo de siempre.

 

Por otra parte está la exigencia de asistencia sanitaria de calidad por parte de la población a la que atendemos. El paciente ya no es un ser pasivo sin opinión y sometido al criterio impuesto del médico. La tendencia es a ser participe del proceso diagnóstico y terapéutico de su enfermedad. La exigencia del respeto a la autonomía del paciente y los consentimientos informados para cualquier procedimiento sanitario se ha impuesto como una exigencia no sólo moral sino incluso legal.


Con estas premisas, cualquier grupo asistencial organizado de ginecólogos ya sea público o privado que aspire a la prestación de una asistencia integral debe contemplar en su organigrama no sólo médicos especialistas generalistas. También ha de ofertarles a sus pacientes bien sea superespecialistas propios en determinadas parcelas asistenciales o, al menos, los cauces de derivación a grupos externos más cualificados

Anuncios